Interpretaciones (1/04/2014)

En este país las músicas de las leyes suelen sonar muy diferentes en la partitura legal que en el escenario real. Declaraciones de intenciones asumibles por la mayoría acaban en unas prácticas torticeras y consentidas. Así pues, rentabilizar el campo, reducir burocracia y facilitar la vida a quienes a él se dedican son loables notas del pentagrama de Company.

Los antecedentes del conseller rebajan cualquier euforia porque con la melodía del bien común suele construir auténticas piezas a medida de los suyos. Y los suyos, no lo olvidemos, son los terratenientes (en la proporción que unas islas pequeñas pueden tenerlos). El modelo de explotación que promueve necesita pocas normas y muchas subvenciones, como, por otra parte, sucede en la mayoría de países europeos.

La diferencia es que en esos países las pocas normas protegen el bien común y, además, se cumplen. Sólo desde la ceguera se puede pretender que el campo no evolucione, que los servicios _en una sociedad de servicios_ no acaben por encontrar su hueco en él y que los propietarios agrícolas no recojan ni las migajas del pastel turístico. La pregunta es si lo harán a costa del territorio, como se ha hecho norma en este país cuando gobierna la derecha; es decir, siempre. La crisis actual no puede servir de excusa para retroceder garantías y protecciones territoriales, como ya ha sucedido en el ámbito laboral y de derechos.

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