Normalidad pública (13/05/2014)

Aunque parezca imposible, en una época en que los gobiernos laminan los servicios para ofrecerlos al beneficio privado, todo lo que envuelve a la donación de sangre y derivados se mantiene en su vocación altruista y solidaria, con específica prohibición de hacer negocio con ella. Es una excepción a tener en cuenta y, especialmente, a defender antes de que sea tarde.

En una sociedad que todo lo cuenta en euros, con una ideología que vomita a cada segundo parabienes de la gestión privada y eleva a la categoría de norma cualquier error en la gestión pública, que un bien tan preciado como la sangre huya del circuito de la especulación y el enriquecimiento particular y se mantenga en la gestión pública y la solidaridad más desinteresada parece un milagro o, simplemente, un descuido.

No sé si planea sobre ella la codicia y solo es una cuestión de tiempo entregar nuestra sangre a quienes ya hemos entregado nuestro bienestar con generosas socializaciones de sus quiebras y malversaciones, no lo sé. De lo que estoy seguro es que podemos mostrar orgullo colectivo de una sociedad que dispone de toda la sangre que su sistema sanitario necesita (incluidos los comerciantes de la sanidad privada) ofrecida de manera altruista por ciudadanos y gestionada por instituciones públicas. Retengan el ejemplo para lanzarlo a la cara de aquellos que siempre desprecian lo público.

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