En la batalla diaria (9/01/2015)

Con excesiva frecuencia se nos olvida que la democracia no se concede, se conquista. Y que, como toda conquista, su fortaleza depende de quienes la defienden frente a aquellos que trabajan para la constante regresión. En Europa hemos olvidado este principio _unos, porque ya no recuerdan cuándo la conquistaron; otros, porque nos engañamos en el relato de cómo llegamos a ella_ y extrañados asistimos al crecimiento entre nosotros de sus enemigos.

Todo tipo de manifestaciones del fascismo se desarrollan gracias a nuestra pasividad. El fundamentalismo islamista es uno de ellos y, enrocados entre la indolencia y el temor a ser políticamente incorrectos, carecemos del espíritu de combate para enfrentarlo. Delegamos en las fuerzas de seguridad la defensa de nuestros derechos, cuando ellas solo actúan cuando los hemos perdido, circunstancial o definitivamente. Somos los ciudadanos libres los que debemos batallar para defenderlos, en la escuela, en el trabajo, en la calle y, evidentemente, en los medios de comunicación.

Sin temor ni pudor a ser políticamente incorrectos, como lo fueron los asesinados humoristas del Charlei Hebdo, debemos utilizar las armas de la crítica, de la ironía e, incluso, de lo que algunos timoratos consideraran blasfemia no solo para atacar al fascismo sino, también y principalmente, para defender la democracia, porque nos la hemos ganado.

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