Por el tubo (28/02/2015)

Entre las apelaciones a la seguridad y la codicia de AENA, volar dejó de ser un placer hace mucho tiempo. Su codicia nos obliga a pasar cientos de metros por tiendas y mostradores; a ver si la neurona nos resbala y acabamos rascando el bolsillo. En el tema seguridad se reparten las culpas entre los gobiernos, que justifican en las amenazas su pasión por el control de los ciudadanos, y el operador aeroportuario, que conduce pasajeros como si fuera ganado por pasillos y raciona personal de control para que los amigos amplíen negocio.

Con el paso de los años, se convierte en costumbre dejar la dignidad en la acera de los aeropuertos y cada temporada se añade una supuesta amenaza que justifica la voracidad controladora del gran hermano. Cuando aún no sabemos (porque es una directiva secreta) por qué dejamos el agua mineral en un contenedor y viajamos con minidosis de pasta de dientes, ahora nos cuestionan los móviles, consoladores y demás quincalla eléctrica. Alguien, desde una sala de monitores, se debe descojonar al vernos tan sumisos y babea pensando cuánto más nos podrá hacer pasar por el tubo.

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