Gestión y mantenimiento (17/09/2015)

A la fundación creada alrededor de la idea, que ya no compensa cualificar, de comprar un yate al rey Juan Carlos le pasa lo que a las parejas unidas solo por el objetivo de tener hijos: como éstos crecen y se van, los cónyuges se preguntan qué hacer con sus vidas si carecen de proyecto común. La filantropía, esta vez real, o la beneficencia (propia de gentes de bien) pueden ser un buen quehacer, una manera de mantener la pareja entretenida sin hacer daño a nadie.

Claro que este sentido pragmático de la unión no genera complicidades obligatorias. El resto de la ciudadanía ya tiene sus proyectos, incluso sus propias frustraciones, sin necesidad de servir de necesaria comparsa a otros. Mucho más si hablamos de instituciones, pesadas máquinas con trasatlánticas inercias y nulo interés en compartir fotografías inaugurales, después de las cuales se quedan en exclusiva mantenimientos y problemas.

Las fundaciones creadas con los excedentes, económicos y de conciencia, de los grandes empresarios deberán habituarse a la dura y, a veces, impopular gestión de sus proyectos, tal como sucede en el mundo civilizado. En este país, y salvo excelentes excepciones, aún se prefieren las donaciones y olvidarse de la gestión o, peor aún, de la cogestión. Las dádivas son necesarias pero, las gestiones de nuevas infraestructuras, de su mantenimiento y de sus contenidos, son imprescindibles. No preveerlas nos condena al bucle conocido… e inútil.

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