Réquiem (13/02/2016)

Un fabricante, que facturaba mucho en B, me contó una vez que tuvo que poner al día del negocio a su mujer por si a él le pasaba algo: no podía delegar el tinglado en un empleado porque entonces, literalmente, estaría en sus manos. Años después, en desagradable proceso de divorcio, dudaba de qué hubiera sido mejor. El tinglado Urdangarín-Torres también buscó la complicidad familiar que garantizara que todo quedase en casa. Y quedó. Quedó hasta que el cuñado empezó relaciones con el fiscal. Entonces, descubrió que sus palabras podían salvarlo de sus silencios. Y cantó un réquiem tan largo que aún no ha terminado.

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